domingo, 28 de diciembre de 2014

¡Ha nevado!

Las 20:00. Había acompañado a mi hermana al establo en el que está su caballo para sacarlo un rato cuando de repente me escucho pronunciar las palabras: Huele a nieve.

Las 5:02 eran cuando me despierto de una de mis pesadillas y abro los ojos. Está mi hermana a mi lado gritándome: ¡Faun, te quería despertar, te tengo que enseñar una cosa!
Yo en pánico me levanto y cogida de su mano me lleva hasta el cuarto de baño. -Abre la ventana- me dice. Y ahí estaba. La nieve.

Para mi fue como en las películas, cuando un niño ve nevar por primera vez, o un perro juega por primera vez en ella; pero no, no fue mi primera vez. Pero la primera en ocho años. Igual de especial.
Una copa tras otra, o mejor dicho, miles y miles de copas de nieve mezcladas con gotitas de lluvia caían en el ya formado mantel blanco que cubría el jardincito de la casa de mis abuelos.

Tras acostarme de nuevo y despertarme unas horas después, no estaba muy segura de que aquello de la nieve era verdad o solo un simple sueño de esos que se sueñan cuando se añora mucho algo. Pero sí, era cierto. Había nevado de verdad. Esa misma mañana salimos porque íbamos a ir al cine, y... ¡Ay, cómo echaba de menos ese sonido cuando pisas la nieve!
Cuando andas sobre nieve, parece que todo está en silencio...

Es el blanco más precioso que existe, y esos -10 grados bajo cero no me impiden disfrutarlo. Ahora sí que es cómo me lo imaginaba. Precioso. Maravilloso. Bonito.

Esta foto la he tomado desde el tren, no se ve mucho la nieve...pero me encanta el efecto de las gotas de agua en el cristal...