lunes, 31 de diciembre de 2018

Hola,vida

El principio del año comenzó con un final, emocionalmente hablando. El final de una terapia de dos anos y medio. Volví a ser yo en esos últimos 55 minutos que duró esa última sesión. Volví a ser yo, hasta que me volví a mi casa. Cerré la puerta, y dejé de ser yo.
No sabía lo que era, que me dejaba sentir tan mal y tan perdida, estando en mi propio hogar. Hogar que compartía con mi pareja.
Seguía pasando, que estando en infinitos sitios, me sentía acogida, pero mi casa se seguía sintiendo tan desconocida, que me daba igual quedarme horas fuera. No quería sentir ese dolor. No quería sentir que me tenía que mudar de nuevo.
Mi hogar empezó a ataquarme, ataque del que todavía no me he recuperado. Mi salud me mataba cada día. No podía respirar. Por las noches me despertaba pensando que me iba a morir. Busqué un nuevo piso, cosa que aquí en Saarbrücken es dificil, porque hay pocas viviendas para la cantidad de gente que hay. Pero cinco días después, nos encontramos en una mesa en el nuevo piso, firmando el contrato. No lo podía creer. No lo podíamos creer.
Tan ilusionados estábamos, que ni siquiera nos fijamos en lo malo del nuevo piso, ni siquiera nos dimos cuenta de que al abrir las persianas, la vista daba directamente con nuestros vecinos y un patio muy horrible. Pero a día de hoy, no me importa mucho, porque en este piso puedo respirar.
En julio empecé mis primeras prácticas. Para resumir, había pasado mucho tiempo desde que lo pasé tan mal. La institución en la que estaba trabajando, estaba reorganizando completamente el sistema. La mujer que me debía enseñar cosicas para aprender cómo trabajar después de mis estudios, dejó su trabajo cinco días después de yo empezar allí. No tenía sitio. En mis momentos de descanso, iba a los baños a llorar. Al llegar a mi casa, lloraba. La única razón por la que logré aprobar las prácticas con un 9: sabía que sólo iban a durar tres meses.
A finales de agosto, fuimos atacados mi pareja y yo, estando en un parque sobre las 10 de la noche. A él lo querían matar, yo le salvé la vida. Y a mí me la salvó el hecho de que uno de ellos era árabe y no pegaba a mujeres. Quién me iba a decir que un pensamiento machista, me iba a salvar la vida una vez. Recuerdo el momento en el que miro hacia la izquierda y veo cómo tres hombres le rodean y uno de ellos le está pegando en la laringe. En cámara lenta ví cómo este tío quería pegar una segunda vez en la misma parte, y yo estudiando terapia ocupacional y sabiendo de medicina, sabía que no. SImplemente que no. Que lo tenía que parar, y lo hize.
Después de esto, sentía un vacío muy enorme. No sabía cómo guardar esa situción en mi cabeza, de un modo en el que no me hacía daño. Y no lo logré.
Pasaron septiembre y octubre, y no sentía mucho, no vivía mucho. Vivía, pero sin estar presente. Iba a clases, hacía cosas con amigos, trabajaba, limpiaba mi casa. Pero no estaba presente.
Y llegó el 13 de noviembre. El día en el que tomé una mala decisión y salí del coche de una amiga para pasar rápido al otro lado de la carretera e irme a casa… y terminé en el hospital. Me atropelló un coche. La ironía es que, si hubiera pasado dos segundos más tarde, nunca habría pasado nada.
Recuerdo estar volando y antes de tropezar con el suelo, pensar que quizá estos sean los últimos segundos de mi vida. Pero gracias a algo, no fue así.
Después de esto, volví a sentir. Sentía tanto miedo como nunca había sentido. Sentía miedo al escuchar un coche, al pasar por una carretera. Sentía miedo por las noches cerrrando mis ojos. No paraba de sentir miedo. Y lo sigo sintiendo. Desde el 13 de noviembre, no he logrado dormirme antes de las 3 de la mañana, porque mi cerebro me dice que podría morir. Pero por lo menos, vuelvo a sentir.
Este año me he tropezado dos veces con la muerte, y sigo aquí. 2019, estoy lista para nuevos retos.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

¿Último latido?

Está oscuro.
Un latido.
Doy un paso.
Un latido.
Abro los ojos.
Un latido.
Veo dos luces.
Un latido.
Tengo miedo.
Un latido.
Siento el golpe.
¿Último latido?
No.
Sí.
No lo sé.
Qué está pasando.
Esto no puede estar pasando.
Un latido.
Siento otro golpe.
Un latido.
Veo el suelo.
Un latido.
Siento el suelo.
¿Sigue latiendo?
Sí.
Sí.
Suspiro.
¿Qué ha pasado?
Grito.
Un grito.
¡Grito!
Un coche.
Siento el frío.
Siento el momento.
El momento en el que 
pude haber desaparecido,
para siempre.
Un latido.
Abro los ojos.
Un latido.
Tengo miedo.
Un latido.
Sigo aquí.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Nieve

La nieve,
blanca,
bella.
La nieve,
seca,
cae sobre
los tejados
de aquellas casas
que se ven al fondo.
La nieve,
lenta cae,
sobre los prados.
que hay sobre aquellos montes.
La nieve,
llena todo de blanco.
Todo parece tan puro.
La nieve,
hasta que se derrite...

domingo, 30 de octubre de 2016

Al final, solos...

Se repite la historia
y solo me tengo a mi,
con una laguna 
de lágrimas
que no quieren salir.
Se repite la historia
y tengo 
un diamante azul
en la punta de mi lápiz.
Nacemos solos
y morimos,
porque estamos solos.
Tenemos acompañantes
en el camino,
que nos hieren,
nos odian
y nos quieren;
pero dentro,
sobre el corazón,
hay un agujero,
que esta vacío,
que no se llenara.
Al final,
estamos solos.

sábado, 15 de octubre de 2016

Esa ola...

Quizás me perdí
aquella vez...
en el espejo que rompí.
Desde entonces,
ninguna palabra suena igual,
ninguna sensación,
ningún gesto,
ninguna mirada,
nada,
sigue igual.
Ha venido
una ola a rescatarme,
de la soledad,
pero ella,
a veces me estampa
contra las rocas
y la arena.
Y entonces vuelve,
ella, la soledad,
al sentir ese dolor
y deseo que la ola,
no dure mucho.
Pero también,
me ayuda a nadar,
a huir de la otra soledad...
Fue un fallo,
dejar caer
aquel espejo...